Pasé a la clandestinidad. Tuve que hacerlo pues este pueblo ya no es seguro para mi. El Archi puso a funcionar su
aparato y en estos días que faltan no podré confiar en nadie. Mientras veo caer la lluvia desde este lugar tan frío y humedo como secreto, comprendo que los grandes ideales implican grandes luchas. El Archi podrá sacarnos todo lo que tenemos, podrá cercanos cada vez más, pero no logrará acallar nuestra voz, no podrá evitar que cumplamos lo que nos hemos propuesto. No pasará.
Así las cosas, y mientras me tomo un té medicinal, paso a relatarles los hechos que acaecieron durante la jornada de ayer.
Último pase de entrenamiento. Guadalupe, integrante del glorioso equipo
"Sí, mi amor", había cancelado la subida al cerro por cuestiones laborales. Me levanto temparno en la mañana y llamo a Mr. T para ver si podía subir con él. No tiene lugar. Dispongo los elementos para subir en el Ko-Ko, cuando recibo un mensaje de texto de Guada informándome que sí va a subir. Adri con las niñas, que madrugaron conmigo para bajarme hasta el pueblo, me dejan en la puerta de la casa de mi entrenador cuando el día aún no ha despuntado.
Llegamos a la base del cerro. En el estacionamiento los vehiculos aún son pocos. Me bajo, abro la maleta del auto y comienzo a cambiarme. "Tenés las llaves del auto, ¿no?", me pregunta Guada con aire de sospecha. "Claro", respondo mientras comienzo a palpar mi bolsillos. Habíamos subido en el auto de ellos y yo venía manejando. No tengo las llaves. Busco en el piso, adentro del auto, en la maleta, devuelta en mis bolsillos. Nada. En menos de tres minutos había perdido las llaves de un auto ajeno. No podía creer lo que me estaba pasando. Luego de diez minutos y haciendo un esfuerzo por racionalizar lo sucedido, bajo la tapa del baúl y allí están las llaves puestas. Un traspié innecesario daba comienzo a la jornada.
Llegamos al pie de la primer telesilla y cuando Guada se va a poner los esquies descubre que las fijaciones son más grandes que las botas, hecho inexplicable pues ella ya había usado esas tablas y esas botas. Tuvimos que caminar con los equipos hasta el rental de la base para que le acomodaran las fijaciones. En ese momento no pensé que dichos equipos son de la esposa del Archi, y la posibilidad de un sabotaje no se me cruzó por la cabeza.
Despreocupados, comenzamos el entrenamiento. Una mañana muy provechosa. Esquiamos fuerte, esquiamos mucho. En determinado momento hacemos una pausa para ir al baño y es allí en donde me encuentro con Marcovesky, atleta de punta. Nos saludamos afectuosamente y me cuenta que están afuera con Tomás y otro corredor. Al salir ya no ecuentro a nadie. Claro, estos pibes entrenan a lo loco. No paran ni dos minutos, y menos para hacer sociales a la salida de uno de los tantos ranchos en donde los placeres del cuerpo tientan a los esquiadores perezosos o fuera de estado. En fin, hacemos un par de bajadas y llega el almuerzo.
Luego de la primer subida de la tarde nos encontramos con el querido TMG. Nos da detalles de su jornada de entrenamiento y nos invita a unirnos a su grupo. Pero Iván no llega y, para que no nos enfriáramos, nos propone que hagamos un filo mientras él espera. Y así lo hicimos. Claro, cuando volvimos ya no estaba. Estos locos no paran. Quiso el destino que justo en ese momento nos encontraramos con Julián y Ana, que habían subido al cerro con Nora y Walter, familiares cercanos. Entre los cuatro suman gran cantidad de años. Y nos unimos a este grupo de macanudísimos "adultos mayores". Y en esa bajada todas nuestras fantasías de grandes esquiadores se fueron por la borda. En el entrenamiento de la mañana sentíamos que estabamos esquiando al más alto nivel competitivo. Y ahora, a la tarde, descubríamos que no podíamos alcanzar ni a Julián, ni a Nora, ni a Ana ni a Walter. Los
veteranos (lo digo con cariño, eh) nos pasaron el trapo en lo que quedó de la tarde. Y entonces, de repente, en medio de una pista, nos encontramos con el Archi, detenido y hablando por celular (o estaba haciendo negocios o estaba tramando algo). Los saludamos con afecto y Ana, atenta como siempre, fue la única que atinó a derribarlo, sin lograrlo, lamentablemente. Y a partir de allí comanzaron los problemas. De la nada la nieve empezó a ponerse pesada, asopada, fea. Nos subimos a la silla cuádruple y en la mitad del recorrido, justo arriba del Archi que controlaba todo desde el rancho Manolo, se detuvo por demasiados minutos. Nos enfriamos, por lo que tuvimos que parar a tomar un cafe en Antulauquen. Y allí estaba nuevamente el Archi con Alicia, que a pesar de su buena voluntad no logra detenerlo. Pedimos dos cafés y al intentar retirarlos el muchacho que los sirve nos dice: "Salen especiales, yo recibo órdenes de una sola persona y debo cumplirlas". Nos dieron dos cafés con tía maría, crema y chocolate. Sorprendidos, ingenuos, descolocados, nos tomamos nuestro rico café sin saber los efectos que tendría sobre nuestro organismo. Bajamos la última pista y allí estaba, otra vez, el Archi. Atento, como preocupado por mi nievel de esqui, me da indicaciones. Me emociono. Pienso que después de todo no es tan malo, que quiere que llegue a la meta. Escucho sus indicaciones y las pongo en práctica. Y el día de esqui se temina. Ni bien abro la maleta de auto me doy cuenta que no están las botas que había llevado. Son aquellas que Edu me regaló hace unos días. Y se me baja la presión. Creo saber que, al buscar las llaves no-perdidas saqué las botas y las dejé en la nieve, olvidadas al lado del auto. "No están mis botas", le digo a Guada, "me las debo haber olvidado afuera". Y pensé en la vergüenza de este nuevo descuido, en cómo le diría a Edu que perdí, en el primer día, las botas que con tanta bondad me había regalado. Y entonces encontramos adentro del auto un sobre con la inscripción "Sr. Verduga" en cuyo interior se podía leer una nota que decía lo siguiente:

¡¿Se dan cuenta?! El tipo se volvió loco. Un claro accionar mafioso. Abrió el auto y se llevó ¡las botas que él mismo me había regalado! Como sabe que no tengo bienes materiales con los cuales extorsionarme se vió obligado a regalarme un valioso par de botas pensando que yo ahora me voy a desvelar por las mismas. Como mínimo, ezquisofrenia. En fin, que las botas, Archi, me tienen sin cuidado. Sin embargo tu malvado plan ha funcionado. Al no tener botas tuve que bajar en medias desde la base hasta la casa del entrenador, mojado y con frío. De esta manera logró imponer las circunstancias ideales para que se diera lo único que a esta altura me puede deter: una gripe. Menos mal que al llegar mi entrenador me prestó un par de zapatillas y, en un acto diría yo heroico, me trajo hasta casa para que no me tuviera que tomar el colectivo todo mojado. Pero el mal ya estaba hecho. Me siento afiebrado, con dolor de garganta y con esa debilidad que trae la enfermedad. Archi, las botas te las vas a tener que meter en el mismo lugar en donde te metiste la pala del kayak. Pero el sol que ahora está empezando a salir es un claro presagio de que este malestar será pasajero. No podrás detenerme, ni vos ni tu ahora supuesto "equipo" (¿quién lo integra?¿tu secuaz Daniel?) Porque tenés que saber que estás más solo que la una en esta, tu locura bipolar y paranoica. Repito: no pasarás.